domingo, 14 de marzo de 2010

EL ESPÍRITU DE LA LITURGIA

El espíritu de la liturgia
El sacerdote en los Ritos de Comunión de la Santa Misa
Columna de teología litúrgica dirigida por don Mauro Gagliardi

ROMA, domingo 14 de marzo de marzo 2010 , domingo, 14 de marzo de 2010 (ZENIT.org).- El padre Paul Gunter, profesor en el Pontificio Instituto Litúrgico y Consultor de la Oficina de las Celebraciones Litúrgicas del Sumo Pontífice, nos ofrece en este artículo una panorámica sobre los Ritos de Comunión de la Santa Misa (forma ordinaria y extraordinaria), concentrando la atención sobre el sacerdote celebrante. De su exposición surge el significado litúrgico y espiritual de estos ritos, que disponen al sacerdote y a los fieles a recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo con las debidas disposiciones del alma, de modo que la Comunión eucarística produzca frutos de conversión y de santidad en sus vidas (don Mauro Gagliardi).

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El sacerdote que se prepara a los ritos de Comunión en la Misa está predispuesto por la Plegaria Eucarística, que acaba de completar, a reconocer que "en el relato de la institución, la eficacia de las palabras y de la acción de Cristo, y el poder del poder del Espíritu Santo, hacen sacramentalmente presentes bajo las especies del pan y del vino su Cuerpo y su Sangre, su sacrificio ofrecido sobre la cruz una vez para siempre" [1]. Por otro lado, cuando llega el momento en que el sacerdote y los fieles reciben la Santa Eucaristía, o sea, cuando se preparan a comer el Cuerpo del Señor y a beber su Sangre, es necesario acordarse del discurso de Jesús en Cafarnaúm, que representa la recepción de la Santa Eucaristía tanto como una venida que como un encuentro [2].

Por cuanto respecta al tema de la venida, el Evangelio de san Juan dice: "el pan de Dios es el que baja del cielo y da la vida al mundo" [3]. Sobre el encuentro, la Eucaristía es incluso concebida como expresión de la relación interna en la Santísima Trinidad, atestiguada en la relación filial de Jesús con su Padre celestial. Jesús la explica con las palabras: "No es que alguien haya visto al Padre; sino aquel que ha venido de Dios, ése ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo: el que cree, tiene vida eterna. Yo soy el pan de la vida" [4]. "Lo mismo que el Padre, que vive, me ha enviado y yo vivo por el Padre, también el que me coma vivirá por mí" [5]. En consecuencia, la preparación personal y pública para recibir la Santa Eucaristía, que los Ritos de Comunión favorecen de forma tan intensa, tanto en la forma ordinaria como en la extraordinaria de la Misa, no preparan al sacerdote y a los fieles a recibir una cosa, sino a una Persona. Come resume Romano Guardini: "No esto, sino a Él, la Persona suprema alabada por toda la eternidad" [6].

La forma ordinaria del Rito Romano

En la forma ordinaria (o Misa de Pablo VI), al inicio de los Ritos de Comunión, guiados por el sacerdote, el pueblo está en pie. A nivel simbólico, la imagen del sacerdote que está en el centro del altar, rodeado por la asamblea en pie, representa una anticipación de la Iglesia que estará con Cristo en el cielo al final de los tiempos. El sacerdote introduce el Pater Noster utilizando una de las fórmulas previstas, antes de que se recite o se cante juntos la oración del Señor. Las palabras que Jesús nos enseñó para que rezásemos con confianza, y que nosotros utilizamos antes de acercarnos a la Santa Eucaristía, han sido comentadas por numerosos autores. Por ejemplo, algunos textos tomados del comentario de san Cipriano de Cartago sobre la oración del Señor fueron insertados en el Oficio de Lecturas de la Liturgia de las Horas, en la semana undécima del Tiempo Ordinario, para educarnos a un mayor aprecio del significado de estas palabras [7]. Los textos de san Cipriano recuerdan al sacerdote que cada recitación del Pater Noster es un acto eclesial, que trae consecuencias en la vida de los demás. San Cipriano escribió:

"Ante todo, el Maestro de la paz y de la unidad no quiso que orásemos por cuenta nuestra y en privado, de manera que cada uno rezase sólo para sí mismo. Por eso no decimos Padre mio que estás en el cielo, o Dame hoy mi pan [...]. Nuestra oración es pública y para todos y, cuando rezamos, lo hacemos no por una persona sola, sino por todas, porque nosotros todos somos uno" [8].

La oración Libera nos continua difundiendo dulcemente los ecos del Pater Noster y describe la indignidad humana y la necesidad de liberación del mal con que nos acercamos a la Eucaristía. El sacerdote, que reza a favor de cada uno, reconoce, por un lado, las circunstancias que inciden sobre nuestra paz, en vidas manchadas por pecados y angustias; y por la otra, la gozosa esperanza que trae la venida del Señor. El pueblo completa la oración con una doxología, que expresa la expectativa de que el Señor cumplirá su promesa de ser glorificado en nosotros. La oración Domine Iesu Christe se concentra sobre nuestros pecados y angustias y reposa sobre la fe de la Iglesia que espera la paz y la unidad del reino, como cumplimiento de la voluntad de Dios. Después, el sacerdote extiende las manos e intercambia el saludo con la asamblea: Pax Domini sit semper vobiscum. Se responde: Et cum spiritu tuo.

El intercambio efectivo de la paz no representa un componente obligatorio de la liturgia: el diácono o el sacerdote pueden, si es oportuno, invitar a los presentes a intercambiarse el signo de la paz. Las discusiones respecto al momento más apropiado para intercambiarse la paz dentro de la liturgia sin distintas de las que se refieren al modo de intercambiarla. El Misal mantiene las debidas distinciones eclesiológicas. Ciertamente, el intercambio de la paz no es un momento en el que de una actitud formal se pase a una informal, sino más bien un momento en el que las relaciones humanas, que son parte intrínseca del orden de las cosas, se revelan en sus justas proporciones. "Se trata de un rito de intercambio, no de un saludo por las buenas" [9]. Santo Tomás de Aquino expresó esta relación entre las relaciones humanas y el buen orden en su bello himno al Santísimo Sacramento con el título Pange Lingua, cantado el Jueves Santo y en el día del Corpus Domini en la liturgia romana [10]. La tercera estrofa recita: "En la noche de la Cena, / sentado a la mesa con sus hermanos, / tras haber observado plenamente las prescripciones de la ley..." [11].

El sacerdote intercambia la paz con el diácono o con el ministro asistente. No está previsto que deje el presbiterio para saludar a los fieles en la nave. Estos se intercambian la paz sólo con aquellos que están más cerca. El libro distingue estos dos gestos (es decir, el del celebrante y el de los fieles), lo que impide que haya un malentendido eclesiológico, que podría brotar de una visión puramente horizontal.

La fracción del pan, que sigue, posee un aspecto práctico y uno simbólico. Desde el punto de vista ritual, en muchos casos el celebrante rompe la Hostia grande, que consume en primera persona. Por otro lado, este rito permite que se use también una Hostia más grande respecto a lo normal, que se haga pedazos para distribuirlos a los fieles. Una partícula de ésta debe meterse en el cáliz, mientras el sacerdote dice en secreto: "El Cuerpo y la Sangre de Cristo, unidos en este cáliz, sean para nosotros alimento de vida eterna".

El Agnus Dei que acompaña esta acción pide perdón y se dirige a Jesús, que es el Cordero pascual, cuyo cuerpo sacrificado ha derramado su sangre para el perdón de los pecados. La imagen de Jesús como Cordero está representada en un modo extraordinario por un retablo de la catedral de San Bavón, en Gante, en la que se ve un cordero de pie sobre el altar, que derrama su sangre en un cáliz [12]. El Agnus Dei se remite al Libro del Apocalipsis, que proclama la dignidad del Cordero que fue inmolado [13] y la bendición de aquellos que son invitados al banquete de bodas del Cordero [14]. La antigüedad del Agnus Dei en el Rito Romano es tal que muchos expertos sostienen que fue el papa Sergio I (687-701) quien lo introdujo en la Misa. La tercera invocación del Agnus Dei pide la paz porque la Santísima Eucaristía es Sacramento de Paz, en cuanto que es el medio a través del cual todos aquellos que lo reciben se estrechan en un vínculo de unidad y de paz [15].

El sacerdote reza en secreto una oración preparatoria personal a la Santa Comunión, entre las dos que propone el Misal. En la primera, pide ser liberado de sus iniquidades y de todo otro mal, a través del Cuerpo y la Sangre de Cristo, y pide la gracia de permanecer en los mandamientos del Señor para que nada pueda nunca separarle de él. En la segunda, el sacerdote ora para que su recepción del Cuerpo y la Sangre de Cristo no traiga sobre él un juicio de condena, sino al contrario, represente una defensa y una cura para el alma y el cuerpo. La Comunión del sacerdote, que siempre precede a la de los fieles, se hace bajo las dos especies, para completar la acción litúrgica de la Misa. Él ora para que el Cuerpo y la Sangre de Cristo lo conduzcan a la vida eterna. En cambio, en la purificación de los vasos sagrados, reza en favor de los que han comulgado (incluido, por tanto, él mismo), para que lo que han recibido con los labios sea recibido por un corazón puro, y para que de simple don hecho en el tiempo, la Comunión eucarística se convierta en un remedio que dura para la vida eterna. El conjunto de estas palabras y acciones revela que aquí se ha celebrado un gran misterio: la Celebración eucarística es un kairos - tiempo favorable del Señor - que ha interceptado el chronos, o sea, el tiempo que es simple sucesión de acontecimientos que tienen lugar alrededor nuestro. Por eso aquí, ante Dios, el silencio representa en el fondo la única respuesta personal apropiada que proviene de la parte más íntima de nuestro ser para expresar fe, reverencia y comunión de amor con Aquel que hemos recibido.

Este momento de silencio debería ser salvaguardado con atención. Debería durar minutos y no segundos, para proporcionar un espacio de oración claramente definido. En la oración después de la Comunión, que también prevé una pausa de silencio después del Oremus, sobre todo si esta no ha sido observada en precedencia, el sacerdote guía el agradecimiento de la Iglesia y reza para que el don de la Comunión, que ha sido distribuido, pueda dar fruto en nosotros. El Amén con el cual los fieles responden a esta oración concluye los Ritos de Comunión, que habían iniciado con la invitación del sacerdote a rezar el Pater Noster.

La forma extraordinaria

El sacerdote en los Ritos de Comunión de la forma extraordinaria (o Misa de san Pío V) realiza gestos más complejos, que indican la identidad y la función sacerdotales, en preparación a la Santa Comunión. Siguiendo el mismo orden usado para exponer los ritos de la forma ordinaria, consideremos ahora la extraordinaria, comenzando por la introducción al Pater Noster hasta la conclusión de la oración tras la Comunión. Se notan ciertamente diferencias entre ambas formas que componen el Rito Romano. Dado que el Misal Tridentino prevé celebraciones con distintos grados de solemnidad, en estos casos los ministros asistentes llevan a cabo acciones que en cambio son realizadas por el propio sacerdote cuando celebra la Misa Baja (no solemne). El sacerdote recita el Pater Noster él solo y el ministro asistente responde: sed libera nos a malo. El Libera quaesumus incluye las intercesiones de todos los santos, y además de mencionar a la Virgen María y a los santos Pedro y Pablo, incluye también a san Andrés, probablemente como signo de particular devoción hacia el apóstol.

Cuando el sacerdote reza para obtener la paz en nuestros días [16], hace el signo de la cruz sobre sí mismo con la patena y la besa sobre la orla superior, antes de ponerla bajo la Hostia, para preparar el desarrollo de la fracción del pan. En su explicación de las oraciones y ceremonias de la Santa Misa, Guéranger ofrece un comentario que describe el objetivo de la fórmula Haec Commixtio, que se dice en el momento de inserir la partícula de la Hostia en el cáliz - comentario que al mismo tiempo revela la tendencia de este autor hacia la alegoría:

"El sacerdote después deja caer la partícula que tenía en la mano dentro del cáliz, mezclando así el Cuerpo y la Sangre del Señor, diciendo al mismo tiempo: Haec commixtio et consecratio Corporis et Sanguinis Domini nostri Iesu Christi fiat accipientibus nobis in vitam aeternam. Amen. ¿Cual es el significado de este rito? ¿Qué cosa se significa en la mezcla de la Partícula con la Sangre que está en el cáliz? Este rito no es de los más antiguos, aunque tiene casi mil años. Su fin es demostrar que, en el momento de la resurrección de Nuestro Señor, su Sangre se unió de nuevo a su Cuerpo, circulando en sus venas como antes. No habría sido suficiente que se fuese reunida a su Cuerpo solo su Alma; debía suceder lo mismo con su Sangre, de modo que el Señor estuviese íntegro y completo. Nuestro Salvador, por eso, en la resurrección retomó su Sangre que había sido antes derramada en el Calvario, en el Pretorio y en el Huerto de los Olivos" [17].

Tras el Agnus Dei, hay tres plegarias que el sacerdote dice antes de la Santa Comunión, con los ojos fijos sobre la sagrada Hostia y cuyo contenido se encuentra largamente en los Ritos de Comunión de la forma ordinaria. Después, teniendo la Hostia dice la fórmula Domine, non sum dignus por tres veces y simultáneamente se bate el pecho. Cuando purifica la patena en el cáliz antes de consumir la preciosa Sangre, cita el Salmo 115: "¿Cómo al Señor podré pagar todo el bien que me ha hecho? La copa de salvación levantaré, e invocaré el nombre del Señor", y añade: "Alabando invocaré al Señor y me salvará de mis enemigos" [18]. Durante la purificación del cáliz, tras el Quod ore sumpsimus, el sacerdote reza para que no quede en él alguna mancha de sus faltas y que el Cuerpo y la Sangre de Cristo que ha recibido transformen todo su ser.

Se ve que el énfasis reposa sobre el carácter sacerdotal y sobre las acciones litúrgicas del sacerdote en los Ritos de Comunión son extremamente alentadores. Mientras no esconden la conciencia que el sacerdote posee de su propia indignidad, subrayando con todo su dignidad única y le recuerdan cómo debe luchar para volverse puro y santo como Cristo. Por ello estos ritos invitan - e invitan de un modo inmediato - al sacerdote que realiza el sacrificio a entrar en una unión más estrecha con Jesucristo, Sumo Sacerdote y Víctima. Además invitan a los fieles a reconocer con alegría el ministerio del sacerdocio, cuyo misterio es esencial para la Eucaristía, como "Fuente y culmen de la vida y la misión de la Iglesia" [19]. En estos aspectos distintos de la misma invitación, la Iglesia entrevé las maravillas del amor de Dios, que se humilló a sí mismo para compartir nuestra humanidad; amor que renueva su invitación cada vez que su alianza de amor se hace presente sobre el altar, cuando Cristo arrastra nuestra existencia humana cada vez más profundamente a su vida resucitada. Como atestigua el autor del Apocalipsis: "Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo" [20].

[Por Paul Gunter, O.S.B.

Traducción de Inma Álvarez]

viernes, 5 de marzo de 2010

Encuentro preparatorio para las celebraciones de Semana Santa

Por iniciativa de la Secretaría Diocesana de Liturgia, el próximo sábado 20 de marzo,se realizará un encuentro en el que se presentarán sugerencias y aportes prácticos, acerca de cómo preparar las celebraciones de la Semana Santa. Dicho encuentro será guiado por el padre ALEJANDRO DIAZ, y estará dirigido especialmente a diáconos permanentes, ministros extraordinarios de la Sagrada Comunión y otras personas ligadas a los equipos de liturgia de las parroquias.
La cita es en la parroquia de los santos Justo y Pastor (Iglesia Catedral) con horario de comienzo a las 15:00 horas y finalizando a las 16:30 horas a fin de posibilitar las actividades de quienes tienen compromisos pastorales
más tarde en sus parroquias.

lunes, 1 de marzo de 2010

INTENCIONES DEL SANTO PADRE PARA EL MES DE MARZO

Intención General: Para que la economía mundial se desarrolle según criterios de justicia y equidad, teniendo en cuanta las exigencias reales de los pueblos, especialmente de los más pobres.
Intención Misionera: Para que las iglesias en África sean signo e instrumento de reconciliación y de justicia en todas las regiones del continente.

sábado, 27 de febrero de 2010

HOMILÍA SEGUNDO DOMINGO DE CUARESMA

En la primera Lectura correspondiente al Libro del Génesis, se nos relata un pacto entre Dios y Abram. Dios lo sacó de su casa y lo llevó a mirar el cielo, le hizo ver las estrellas y contarlas y luego le prometió que así sería su descendencia.
Abram era un arameo errante. Como muchos de sus contemporáneos, se dedicaba a la cría de animales yendo de un lugar para otro para alimentar a su rebaño. Él ya era anciano y su esposa Sara además estéril.
Por eso la promesa de Dios, de un Dios que todavía no se había revelado en plenitud, puede paracer a los ojos de Abram un despropósito. Naturalmente las condiciones eran totalmente adversas para que la promesa se cumpliera. Sin embargo, dice la Escritura, él creyó y por eso fue considerado un hombre justo, un hombre santo. Abram creyó contra toda esperanza.

Lo que continúa es un ritual que utilizaban las partes para hacer un contrato. Se sacrificaban animales, se los ponía de un lado y del otro y los contractuantes pasaban por el medio, para significar que si alguno no cumplía con el pacto le pasaría igual que a esos animales.

En medio del sacrificio pasa el fuego, signo de la presencia de Dios. También Dios se abaja para dar su Palabra. Es la Alianza de Dios con Abram que se va a ir reiterando y actualizando con Moisés y con el pueblo hasta llegar a la Nueva y Eterna Alianza en Jesucristo. Es interesante ver cómo, a pesar de ser el hombre el que incumplió reiteradamente la Alianza por no creer en Dios o por no saber esperar sus tiempos, es Dios el que a través de su Hijo termina como los animales derramando la Sangre. La nueva Alianza no necesita de animales, porque es Dios quien provee al Cordero para el Sacrificio. Hasta en esto Dios toma el lugar del hombre, para rescatarlo, para salvarlo. Por eso el Papa nos dice que “no son los sacrificios del hombre los que le libran del peso de las culpas, sino el gesto del amor de Dios que se abre hasta el exremo, hasta aceptar en sí mismo la maldición que corresponde al hombre, a fin de transmitirle la bendición que corresponde a Dios”

En la segunda Lectura, san Pablo exhorta a los filipenses para que sean fieles a Cristo y les pide que lo imiten a él que se mantiene firme en la fe del Señor. Les pone como antimodelo a los que son enemigos de la cruz del Señor buscando sastisfacer su vida con las cosas de la tierra. Por eso les recuerda que los cristianos somos ciudadanos del cielo y hacia allí vamos, sabiendo que si morimos con Cristo resucitaremos con Él. Que si somos capaces de vivir aquí como sus discípulos, podremos participar de su gloria y mucho más aún.

El Evangelio de San Lucas nos relata la transfiguración. Antes Jesús había consultado a los discípulos acerca de lo que la gente decía de Él: ¿quién dice la gente que soy yo? Y Pedro había hecho su profesión de fe. “Tú eres el Mesías el Hijo de Dios”. Para que esto no les hiciera perder de vista el verdadero sentido del mesianismo de Jesús, el Señor les anuncia que debe subir a Jerusalén y entregar allí su vida. Evidentemente esa noticia calló muy mal entre los discípulos que esperaban a un Mesías poderoso que los liberaría de las esclavitudes temporales y políticas, de la pobreza y de tantas ataduras que tienen las sociedades. Sin embargo Jesús quiere demostrarles que su reino no es de este mundo. Que ilumina a este mundo, pero que lo trasciende.
Ante la angustia de sus discípulos invita a tres de ellos a acompañarlo a la montaña a rezar. La montaña simboliza la morada de Dios, el lugar donde Dios se manifiesta (teofanía). Y mientras ellos dormían porque era de noche, cuando Jesús termina su oración se produce este hecho maravilloso que adelanta la visión de la gloria de Dios.
Aparecen dos testigos que estaban esperando a Jesús, Moisés y Elías. Dos personajes que representan a todos los justos que creyeron en Dios y en sus promesas y que ahora van a poder ver su cumplimiento.
Cuando Moisés hablaba con Dios, su rostro se ponía radiante. Como si una luz lo iluminara desde adentro, como una lámpara o un velador. Ahora todo el Cuerpo del Señor queda iluminado, cambia su figura y resplandece como el sol. Y aquí viene la revelación más importante. Antes los hombres habían expresado su parecer acerca de Jesús. Pedro había hecho su profesión de fe en su mesianismo. Pero faltaba la voz de Aquél que sabe quién es Jesús. “Este es mi Hijo, el amado, escúchenlo”. Dios mismo da fe, sale de testigo de Jesús y nos da a nosotros una orden, “escúchenlo”.
Dios ha manifestado su belleza. Por eso la Cuaresma, nos tiene que ayudar a descubrir esta belleza de Jesús que se manifiesta en nuestra vida. Como nos dice el obispo en su carta pastoral de Cuaresma “La Cuaresma vivida como búsqueda y encuentro, nos hace sensibles a la belleza luminosa de la Pascua” y citando al Papa “La belleza es la clave del misterio, llamada y camino hacia lo trascendente, hacia el Misterio último, es decir hacia Dios”.

La contemplación de la Belleza necesita preparación. No podemos salir de la oscuridad al sol sin ser encandilados, heridos por su luz. No podemos pasar de la oscuridad, de la chatura, de la mediocridad de nuestra vida y entrar en la Luz Pascual sin ser encandilados. Y a veces el encandilamiento no nos deja ver la realidad, nos enceguece. Por eso este tiempo de preparación. Necesitamos preparar nuestra vida para poder contemplar al final del camino el rostro de Dios.

Hermanos, no nos distraigamos. No hagamos como aquellos que sólo viven para comer, que sólo viven para las realidades inmediatas, que vuelan muy bajo, que no se dejan seducir por lo trascendente, que se conforman con la belleza creada y no buscan al Creador. Seamos fieles a la Alianza sellada con la Sangre de Cristo. Dejemos que Él guíe nuestros pasos, no nos encerremos en la oscuridad de nuestra vida. Él nos ama, nos busca, nos atrae, nos desea. Dejemos que el anticipo que nos muestra en la transfiguración de cada Eucaristía nos conmueva y aumente en nosotros el deseo de verlo, de tenerlo, de amarlo.
A veces este paso nos da miedo y no tenemos el coraje de romper con las ataduras que nos dan una aparente seguridad, trabajos, personas, situaciones, que nos alejan de Dios. Hagamos como Abram, que creyendo contra toda esperanza, abandonó su tierra, sus propiedades, su familia y salió obediente por el camino que Dios le trazaba, y hoy puede gozarse de ver cumplida la promesa porque es el padre de una multidud de estrellas que somos todos los creyentes en Dios.
Tengamos el coraje de poner a Dios por encima de todo. No nos aferremos a bellezas efímeras, a amores pasajeros. Cuando murió la reina, san Francisco de Borja, que era su consejero, se acercó al ataúd y vió allí los despojos de quien había sido modelo de belleza y poder. Al ver todo eso descomponiéndose en un cajón exclamó “nunca más serviré a un Señor que se me pueda morir”.

Convertirse a Cristo es desearlo “creer en el Evangelio, dice el Papa, significa salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad”. Este reconocimiento de la pobreza propia y de la necesidad de los demás se llama humildad, y es esta virtud la que nos hace falta para dejarnos ayudar por Dios y por los hermanos, especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Quienes dicen yo me confieso con Dios, o yo no tengo pecados, en realidad lo que dicen es yo soy autosuficiente, yo puedo salvarme solo. A esos, no les faltan pecados, lo que les falta es humildad. De allí nacen las excusas ¿por qué me tengo que confesar con otro hombre? ¿Qué mal puedo hacer yo? Si seguimos atentamente las enseñanzas de estos domingos, vamos a descubrir que pecar no es sólo violar alguno de los diez mandamientos, sino que es algo mucho más profundo que oscurece el alma y nuestras relaciones con Dios y con los demás. Es creerse autosuficiente, creerse que con mis ideas, mis criterios, mis gustos, mis normas, mis leyes, puedo salvarme, sin escuchar a Jesús que nos habla por la Iglesia “el que a Uds los recibe, me recibe a mí” “lo que ates quedará atado”

Pidamos al Señor que nos ayude a seguir subiendo el monte, que nos ayude a vivir las prácticas de la oración, la penintencia, el ayuno, la limosna y sobre todo que nos vaya mostrando el camino, como una linterna, para que podamos llegar al monte de la Pascua y contemplar la belleza de su resurrección que es la nuestra.

Amén

HOMILÍA PRIMER DOMINGO DE CUARESMA

En la primera Lectura, Moisés le enseña al Pueblo a ser agradecidos con Dios. Si prestamos atención vamos a ver que hay muchos elementos comunes con nuestra liturgia actual:
. La ofrenda presentada ante el sacerdote. Es el esfuerzo del trabajo, las primicias de nuestras realizaciones. Un modo de devolverle a Dios lo que Él nos ha dado primero a nosotros.
. La oración de memorial. Hace presente la historia de la salvación con el reconocimiento que Dios ha liberado a su Pueblo de la esclavitud. Este memorial recitado al modo de un Credo o símbolo de fe, no sólo recuerda el pasado sino que lo hace presente. Dios sigue siendo el Dios que libera y cura, el Dios de la Alianza.
. La adoración. El encuentro con Dios tiene que ser un encuentro de adoración, donde la criatura se reconoce pobre, indigente, necesitada y reconoce en Dios al único Señor capaz de liberarla. Adorar a Dios es reconocer que Él es Dios y que no hay ninguno más. Es reconocer nuestra propia miseria. Nada le añade nuestra adoración a Dios, pero sí a nosotros porque nos hace participar de su gloria. Como nos enseña san Ireneo “ Del mismo modo, el servir a Dios nada le añade a Dios, ni tiene Dios necesidad alguna de nuestra sumisión; es él, por el contrario, quien da la vida, la incorrupción y la gloria eterna a los que lo siguen y sirven, beneficiándolos por el hecho de seguirlo y servirlo, sin recibir de ellos beneficio alguno, ya que es en sí mismo rico, perfecto, sin que nada le falte. La razón, pues, por la que Dios desea que los hombres lo sirvan es su bondad y misericordia, por las que quiere beneficiar a los que perseveran en su servicio, pues, si Dios no necesita de nadie, el hombre, en cambio, necesita de la comunión con Dios.
En esto consiste la gloria del hombre, en perseverar y permanecer en el servicio de Dios” No adorar es creerse dios.

En la segunda Lectura San Pablo nos enseña el camino de la salvación que pasa por creer y dar testimonio de Jesús. No basta con solo creer, sino que es necesario dar testimonio. Lo que la Iglesia llama discípulo misionero de Jesucristo. Es por tanto necesario creer con el corazón y anunciar con los labios que Él es el Señor que ha resucitado de entre los muertos.
No alcanza con sólo decir “Señor, Señor”, si esa fe no va acompañada de obras. Tampoco las obras por sí mismas nos salvarán si no son manifestación de nuestra fe.
A vivir esta fe estamos llamados todos, ya no hay diferencia, dice San Pablo entre judíos y no judíos.

Hasta aquí vemos un rasgo común y esencial a la fe judeo cristiana. Es una fe comunitaria, que tiene como origen y fin al Dios Creador y Liberador. Que diviniza las realidades humanas elevando nuestro trabajo hacia el Cielo y que reconoce a Dios como el único Dios y objeto de nuestra adoración.

Hay personas que dicen “yo creo en Dios a mi manera” o “yo creo en Dios pero no en la Iglesia” o “yo rezo a mi manera”. Este pecado es fruto del relativismo en el que hemos caído, todo da igual. Es el cambalache del que ya nos habló Discépolo. El relativismo, tan denunciado por el Papa, es la ideología que nos hace creer que todo está bien si nos hace sentir bien. Eso conduce al subjetivismo. Ya no hay normas comunes fundadas en la ley natural sino que cada uno hace lo que “siente” lo que cree mejor sin escuchar la voz de Dios ni la voz de los hermanos. Se han creado teologías y doctrinas personales para justificar la falta de fe y de compromiso serio con Dios. Este camino, que lamentablemente muchos han elegido para sí y para sus hijos, conduce necesariamente a la esclavitud y a la muerte. Este subjetivismo lleva al egoísmo y la manifestación más clara es decir “Dios me salvará a mí a mi manera”. ¡Qué tristeza produce el ver a tantos padres, o responsables de otros, que se ocupan sólo de su salvación y no invitan u obligan a sus hijos a adorar a Dios como Él desea ser adorado! Siempre pienso en aquellas palabras de Jesús: “el que come mi Carne y bebe mi Sangre tendrá la Vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”. ¿Qué fe tienen esos padres que no se afanan porque sus hijos se alimenten de este Pan y este Vino?

En el Evangelio Lucas nos relata las tentaciones de Jesús en el desierto.
La tentación es algo que puede venir de nuestro interior, en donde dice Jesús nace el pecado y la maldad. Así es el egoísmo, la envidia, los pensamientos y deseos impuros, los adulterios, la maldad, la infidelidad, la deslealtad. Pero puede provenir también desde el exterior, como es en el caso de las tentaciones que debió padecer Jesús.
Así de dentro y de fuera buscan separarnos de Dios, de sus proyectos, de sus caminos. Es como cuando alguien que se dice nuestro amigo nos habla mal de otro para que nos separemos. Pero hay una voz más fuerte, más firme, que puede vencer esas otras voces si disponemos el corazón para escucharla. Hace falta tener un oído muy fino, un silencio atento, un corazón dócil.

Siguiendo el mensaje cuaresmal que iniciamos el miércoles de Ceniza podríamos decir que Jesús, que es la Belleza, se enfrenta al demonio, que es la fealdad personificada. El demonio quiere apartarlo de Dios y lo prueba poniendo en tela de juicio la filiación divina de Jesús “si eres el Hijo de Dios…”. Quiere que Jesús renuncie a la Belleza por un poco de pan. Así sucede con los que se han olvidado de Dios por tener algo más. Se han dejado seducir por el demonio que les ofrece bienes materiales. Son los que dicen “yo creo en Dios pero tengo que trabajar. No puedo ir a Misa porque estas obligaciones me lo impiden” Estas personas se han dejado seducir por el demonio. Cuando hay algo o alguien que sea más importante que Dios, tengan por seguro que han caído en las garras del demonio.
En al segunda tentación el demonio quiere que Jesús lo adore a cambio de todos los reinos que se ven desde la altura. ¡Cuántas veces el poder pierde a las personas! El poder debe ser servicio, no opresión. Estamos acostumbrados a un poder egoísta que sólo busca su propio bien. Eso es demoníaco, sea quien sea el que lo ejerza. El Papa nos habla de la Justicia de Dios que es Jesucristo, Él es la justicia de Dios para nosotros, Él ha pagado el precio de nuestro rescate. Cuando el poder se corrompe nos aleja de la justicia divina. Cuando somos corruptos en nuestras relaciones comerciales, en nuestro trabajo, con nuestros compañeros o empleados, nos hemos dejado seducir por el demonio y hemos caído en su trampa.
La última tentación es quizás la peor de todas porque como dice Jesús “no tentarás al Señor tu Dios”. A veces tentamos a Dios poniéndonos al límite de la insolencia. Así obran quienes dicen “hago lo que quiero total Dios me va a perdonar” y no reconocen nunca su pecado. Es la tentación en la que han caído quienes se han hecho normas propias y no quieren obedecer a Dios y a la Iglesia.

Hermanos, Jesús nos muestra que hay dos caminos. Para seguir el suyo contamos con su gracia que nos da en la Palabra y los Sacramentos. “Tú eres mi Dios y en Ti confío”. Ese es el único camino que nos conduce a la Belleza, al Bien y a la Verdad. El otro camino nos lleva a la esclavitud, al encierro en nosotros mismos y a la muerte eterna. Cada uno sabrá cuál elige.
El que tenga oídos para oír que oiga.

Amén.